Más de 200 milímetros en pocas horas bastaron para paralizar la ciudad. Con el transporte suspendido, barrios históricos anegados y cientos de evacuados, la infraestructura urbana vuelve a quedar en jaque ante un fenómeno climático que ya no parece excepcional.
No es la primera vez, y la angustia de los vecinos de La Olla o el barrio San Ignacio radica justamente en esa certeza: saber que volverá a pasar. Esta última semana de diciembre, que debía estar marcada por el cierre de año y las festividades, quedará en los registros meteorológicos y en la memoria social como una de las más difíciles para la Capital correntina.
El cielo se desplomó sobre la ciudad con una furia inusitada. Los pluviómetros marcaron cifras que asustan: más de 230 milímetros cayeron en un lapso brevísimo, saturando al instante un sistema de drenaje que, a pesar de las obras del Plan Hídrico, se vio completamente desbordado por la magnitud del caudal. No hubo desagüe que aguante ni bomba de extracción que diera abasto ante semejante pared de agua.
Una ciudad partida al medio
La postal del viernes fue la de una capital fantasma en movimiento. La suspensión del servicio de transporte público de pasajeros dejó a miles de trabajadores varados, mientras que arterias vitales como la Avenida Maipú o la 3 de Abril se convertían, por momentos, en ríos correntosos. La Costanera, esa joya turística, debió ser cerrada preventivamente, recordando que el agua no respeta postales.
Pero el drama real, el que duele, está puertas adentro. En el barrio Santa Rosa, el agua no pidió permiso: ingresó a los monoblocks de planta baja arruinando muebles, electrodomésticos y el esfuerzo de años de más de 100 familias.
EVACUADOS
Lo mismo se replicó en el Santa Rita Sur y el Ponce. La Escuela N° 275 y la N° 345 en Laguna Seca volvieron a abrir sus puertas, no para dar clases, sino para cobijar a los más de 160 evacuados que miraban el cielo esperando una tregua.
Las autoridades municipales y Defensa Civil han trabajado a destajo, eso es innegable. Las cuadrillas están en la calle y las bombas encendidas. Sin embargo, la sensación térmica social es de agotamiento. «Otra vez sopa», se escucha en las esquinas donde el agua empieza a bajar lentamente, dejando ese barro negro y el olor a humedad que tardará semanas en irse.
Diciembre se despide con una advertencia clara: el cambio climático no es un título de diario, es esta realidad que nos obliga a repensar la ciudad que habitamos.
